Un suave siseo entraba, permanecía, pero no salía, allí quedaba... una especie de zumbido, una constante al pasar los minutos. Podía sentir la penumbra de la tarde, cayendo, suave y lentamente como una manta sobre mis hombros, arropándome, secándome y reconfortándome.
Tan sólo una palabra bastó, un simple conjunto de letras vacías de significado, para desencadenar todo un torrente de sensaciones olvidadas en algún triste rincón.
Susurros inconfesables. La lejanía no ahuyentaba esa extraña sensación, aún después de haberla dejado ir, de haber resistido el tocar de nuevo su superfície. Deseaba más que nada volver a zambullirme en esas oscuras aguas. Luchar una vez más contra la corriente... tan sólo por tenerla entre mis brazos de nuevo. El tormento que le provocaba a ella era demasiado doloroso (y ruidoso), no podría aguantarlo mucho más. Mientras, él seguía impasible, irreconocible, ni un ápice de emoción, ni tan siquiera un triste tintineo de ilusión, ante nada. Las lágrimas arrastraron la poca sal que restaba en mis mejillas. Escalofríos de nuevo. El frío lo invade todo.
Algo no está donde debería estar, el cielo, el mar... ¿dónde está? ¿por qué no está? sus llantos, sus arrullos, sus constantes silencios... ha desaparecido. Cayó en un mar, azul, ciega ante las perspectivas. Sin darse cuenta de que la marea la conducía hacia un lugar del cual sería difícil volver. Entre la angustia y el placer.
De nuevo el mismo sueño. Debe reaccionar. Necesito su ayuda, ¿cómo hacer que me escuchen? Sin él y sin ella... perdida de nuevo a la deriva, destinada, como tantas otras veces, a caer dejándome llevar por este agua, que me resbala, me empapa, me ahoga y que tan suavemente me mata.
El dulce sopor de la mañana acaricia mis mejillas. Mi cuerpo desnudo agradece el calor de los primeros rayos de sol. En la misma roca, con el mismo mar, como tantas y tantas otras veces, pero distinto. Dime lo que quiero oir... confiesa lo que ya no eres capaz de ocultar, deja que te arrope cuando te oigo sollozar, sólo así volverá él a confiar en tí... y en mí.
Tan sólo una palabra bastó, un simple conjunto de letras vacías de significado, para desencadenar todo un torrente de sensaciones olvidadas en algún triste rincón.
Susurros inconfesables. La lejanía no ahuyentaba esa extraña sensación, aún después de haberla dejado ir, de haber resistido el tocar de nuevo su superfície. Deseaba más que nada volver a zambullirme en esas oscuras aguas. Luchar una vez más contra la corriente... tan sólo por tenerla entre mis brazos de nuevo. El tormento que le provocaba a ella era demasiado doloroso (y ruidoso), no podría aguantarlo mucho más. Mientras, él seguía impasible, irreconocible, ni un ápice de emoción, ni tan siquiera un triste tintineo de ilusión, ante nada. Las lágrimas arrastraron la poca sal que restaba en mis mejillas. Escalofríos de nuevo. El frío lo invade todo.
Algo no está donde debería estar, el cielo, el mar... ¿dónde está? ¿por qué no está? sus llantos, sus arrullos, sus constantes silencios... ha desaparecido. Cayó en un mar, azul, ciega ante las perspectivas. Sin darse cuenta de que la marea la conducía hacia un lugar del cual sería difícil volver. Entre la angustia y el placer.
De nuevo el mismo sueño. Debe reaccionar. Necesito su ayuda, ¿cómo hacer que me escuchen? Sin él y sin ella... perdida de nuevo a la deriva, destinada, como tantas otras veces, a caer dejándome llevar por este agua, que me resbala, me empapa, me ahoga y que tan suavemente me mata.
El dulce sopor de la mañana acaricia mis mejillas. Mi cuerpo desnudo agradece el calor de los primeros rayos de sol. En la misma roca, con el mismo mar, como tantas y tantas otras veces, pero distinto. Dime lo que quiero oir... confiesa lo que ya no eres capaz de ocultar, deja que te arrope cuando te oigo sollozar, sólo así volverá él a confiar en tí... y en mí.
"Me arrancaría el alma
pero hoy me falta el valor..."
pero hoy me falta el valor..."

